Nací ingenua, además de optimista.
Aunque reconozco que después de haber cruzado la barrera de los treinta, esperaba haber superado este estadio. Por si tenía alguna duda, la vida se ha encargado de colocarme en episodio a modo de botón.
En la Sprachschule en que estudio (para los que no entiendan ni jota del idioma de las jotas que no es español, significa Escuela de Idiomas) tengo un compañero moro, además de una colombiana que se parece a Shakira, una rusa tímida, una hindú que huele… ¿a hindú? y una coreana, por difícil que parezca, guapa. Un moro, os decía. Y mientras escribo moro, o sea, ahora mismo, me pregunto por qué me permito que un simple gentilicio suene tan peyorativo. Pero, ¿de qué otra manera se puede llamar a un moro si no “moro”?
El otro día al terminar la Unterricht, o sea, la clase, el moro me dijo que si iba a no sé qué sitio a pedir no sé qué papel y lo entregaba en la academia, el curso podía salirme gratis. Y hasta el transporte. Acepto que escrito así puede sonar un poco absurdo, pero me lo argumentó bien: soy extranjera, no trabajo, necesito aprender el idioma y blablablá. De acuerdo: me lo creí.
Tardamos dos días en entendernos, porque él sólo habla el idioma de las jotas y mi vocabulario total en tal idioma debe ascender, pongamos, siendo generosos, a unas cien palabras (contando artículos definidos e indefinidos ; los números no, porque si no me saldría infinito). Ayer se ofreció a acompañarme él personalmente al lugar en cuestión. Nos subimos en el tranvía 50 que sale de la Hauptbahnhof (estación de tren) de Mainz y nos fuimos alejando. Me resultaba extraño que una oficina, del tipo que sea y aunque se dedique sólo a hacer papeles de no sé qué que le sirven a uno para estudiar idiomas como el de las jotas gratis, estuviera a las afueras.
Nos bajamos en medio de una carretera. Empezaba a oler a chamusquina, pero me obligué a no dejarme llevar por los prejuicios y le seguí. Había un parque con un camino. Se me encendió la primera luz de alerta. Retrocedí. Me persuadió, tal vez tanta jota sonó convincente. Caminé unos metros más: ahí sólo había árboles. Él decía que detrás estaba el “Büro”, que dicho así, con esta palabreja a la francesa, sonó bien hasta en su boca (ojo, no he dicho “en la boca de un moro”, quede claro). Avancé sólo un poco más, hasta que miré atrás y vi sólo la carretera.
Me largué, por piernas no porque llovía a cántaros y tampoco era cosa de llegar a la carretera patinando. Ante mi negativa, él me dijo que le esperara un segundo, que iba al “Büro” de las narices a pedir el número de teléfono. Regresó y me acompañó a buscar el tren. Apenas hablé con él porque me sentía una mezcla extraña: entre gilipollas y gilipollas.
Heute in dem Unterricht (o sea, Hoy en clase), después de enseñarme sus fotos de Marruecos en las que salían su padre, su hermano y el amigo del hermano, me ha dicho que Entschuldigung (o sea, so sorry) pero el “Büro” no tiene teléfono.
Y claro, es normal que los “Büro” no tengan teléfonos.
Oder? (es decir, Verdad?).