“Cuando ya no nos importa que la nave naufrague, no nos abrazamos a su proa; dejamos que se hunda mientras nos apartamos tan lejos como podemos, convertidos en peces”.

¿Y por qué? ¿Por qué lo hice? ¿Por qué fui tan egoísta, tan cobarde, tan rematadamente pez? ¿Por qué cuando el barco ya tiene medio cuerpo dentro del agua ya no nos importa que se hunda y sólo queremos que la inmersión sea lo más rápida posible? ¿Por qué no cogí el toro por los cuernos, la sartén por el mango, la situación de cara?
En el fondo el ser humano es egoísta y egocéntrico: mientras tenga su parcela de mar controlada, ya pueden ahogarse el resto de los peces del mar entero. Probablemente sea cuestión de supervivencia. Cuando alcanzamos el abismo, sólo nos quedan dos opciones: preocuparnos por los demás o centrar todas nuestras energías en el centro exacto del alma e intentar salir a flote… aunque para ello no nos quede más remedio que comportarnos como un pez.
Farfalla
