Es una mujer menuda y espigada. Rostro alargado, nariz casi aguileña, ojos de una transparencia líquida. Cabellos peinados con raya al medio, cayendo como una cortina entreabierta a ambos lados de las sienes. Hombros estrechos, cintura fina, tacones exageradamente altos. Andares saltarines, movimientos gráciles.
 

Regresa a aquel lugar tras muchos años. Ahora trae consigo varias arrugas de más y algunos quilos de menos. Quiere sonreír para que las lágrimas no le traicionen, pero no consigue ni lo uno ni lo otro. Se pregunta por qué el tiempo deja tanta huella en las personas y tan poca en los lugares. Todo sigue igual, pero ella ya no está dentro del cuadro andando caminos y buscando callejones, sino observando la escena desde fuera. Ve una mujer madura mirando el cuadro de los recuerdos.

La maceta con relieves allí sigue, y ella se sienta junto al balancín que algún día fue blanco. Le concede un minuto a la nostalgia. Hay sensaciones que nunca mueren, que simplemente están, son. Se abre una puerta y sale una anciana con un perro, niños con su madre, una pareja de enamorados.

No le contó a nadie que regresó a aquel lugar hace mucho tiempo y dejó un mensaje escrito en un pequeño papel que colocó en una ranura de madera vieja. Ahora aquel instante regresa nítido a su memoria. Recuerda que miró al cielo y vio los mismos colores. Los mismos.

Se levanta del balancín y deposita una última mirada sobre la maceta con relieves. No sabe cuándo volverá a aquel lugar, no sabe si volverá. No gira la cabeza cuando sus pasos toman la primera curva de regreso a su vida.

Farfalla