Cuando el ánimo decae y decido regalarle a mi alborotado cerebro unas notas de calidez y armonía, pienso en Lila.
Sólo compartimos seis meses de vida, pero fue suficiente para que naciera entre nosotros un lazo especial, como el de las cortinas fucsia que vestían aquella ventana antigua todavía con portones de madera.
Junto a Lila lloré y reí como pocas veces he llorado y reído. Cada momento en él era un diminuto pero incandescente punto de Luz en medio de la rutina, como aquellas dos lamparitas de mesilla de noche en tonos malva que cuando se encendían te daban la sensación de encontrarte en un cuento de Hadas y Ninfas.
A Lila se lo contaba todo, porque siempre me comprendía y jamás tuvo un reproche para mí. Me acogía con sus tonos cálidos y me hacía sentir mejor. Su efecto en mí era instantáneo, como una aspirina efervescente cuando tienes un dolor ligero de cabeza.
Lila fue durante medio año mi refugio, mi cueva, mi fondo de mar. El lugar a donde siempre regresaba, el lugar del que no me quería ir, el lugar que echaba de menos mientras hacía con mi vida muchas otras cosas.
Por eso cuando estoy triste y quiero sentirme mejor, pienso en él. Y aunque nuestra relación, la más íntima que he mantenido jamás con alguna persona o cosa, terminó, Lila forma ya parte de mí. A veces miro algunas de las pocas fotos que tengo suyas, y su olor regresa a mí como un yoyó a la mano que lo mece.
Esto va por ti, Lila. Para ti y tus cuatro paredes malva.
Farfalla
