PolvosJanuary 30, 2008 6:59 pm

 

Cuenta una tal Korra Deaver en su libro “Magische Kräfte und Spiritualität” que los ciclos vitales transcurren en periodos de siete años.

Los primeros siete años de existencia, el bebé los dedica a entrar en contacto con su propio cuerpo: es la fase física. Hasta los catorce entra en funcionamiento el ciclo mental, en que el niño aprende a pensar y aprende a aprender: es la fase intelectual. Los siguientes siete años, de los catorce a los veintiuno, el hombre descubre la emotividad: se trata de la fase de los sentimientos (que se lo cuenten a los adolescentes). De los veintiún hasta los veintiocho sobreviene la coordinación de los tres estadios anteriores, esto es, interactuamos con nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestros sentimientos estableciendo las conexiones necesarias.

El siguiente ciclo de siete años, es decir de los veintiocho a los treinta y cinco, una vez superados los estadios de aprendizaje anteriores y después de haberlos integrado en nuestra estructura, en muchos casos sobreviene un punto de inflexión o momento de ruptura con todo lo anterior. Esta teoría defiende que hacen falta estos cuatro primeros ciclos vitales para comprender la totalidad del concepto hombre/mundo y de este modo empezar a construir los valores propios. Por este motivo puede suceder que dichos valores o concepciones no coincidan con las pre-establecidas y, entonces, sobrevenga la catarsis.

Esto explicaría la llamada crisis de los treinta o por qué tantos treintañeros toman decisiones drásticas que implican cambios radicales en sus vidas: en esta franja de edad se dan mayor número de cambios de trabajo, divorcios, separaciones, emigraciones, años sabáticos y otras reacciones extremas de lo más variopinto.

Así que, ¿eres treintañero y no te entiendes ni entiendes el mundo? ¿Sueñas con hacer tu mochila, montar un chiringuito de piña colada en Nassau y vestir en bermudas? ¿Miras a tu pareja y te preguntas por qué permaneces junto a ella? ¿Sientes impulsos de ahorcar a tu jefe y quemar la empresa en la que trabajas?

Tranquilo: ¡es normal! Te encuentras en el crítico quinto ciclo y, en este punto de tu trayectoria vital, todo está permitido.

Así que respira tranquilo y actúa impulsivamente. Y si alguien te tacha de loco le cuentas que estás atravesando el quinto ciclo. Hazlo por tu bien y por el del resto de tus ciclos vitales.

Farfalla

SinsentidosJanuary 25, 2008 6:42 pm

“Entonces empiezo a sentir, en esa soledad que me protege en todos los cafés del mundo, que mi pequeña mesa zarpa hacia el océano de las palabras bellas. Y, en mi isla desierta, que se encuentra entre la mesa y la lámpara, no puedo controlar el deseo de hablar contigo”. Leo Goldberg – “Cartas desde un viaje imaginario”

 
Este post va por Bolo, el sabe por qué. 

 

¿Sabes cuando tropiezas con un párrafo que te arrolla?

Jamás hasta ahora había comprendido con demasiado tino porque me siento, desde hace años, irremediablemente atraída por los cafés, casi me atrevería a decir fascinada. Por casi todos, da igual en qué ciudad o país estén, da igual si no son demasiado bonitos. Para mí no hay nada comparable a una mesa de un café, un cortado sobre ella, mi soledad y yo. Entonces emerge una sensación de intimidad entre el mundo y yo, como si me reconciliara con él y, de este modo, también conmigo misma.

Es una soledad que me envuelve con cierto misticismo y no menos magia, como si se creara una burbuja de irrealidad desde la que contemplo el mundo: mi mundo y el de los demás. La cafeína me aporta su particular grano de clarividencia –siempre relativa- y las hojas en blanco, cuando me atrevo a tenerlas delante, un encanto de escena. A veces leo el periódico, e incluso las noticias se me atojan fragmentos de una obra.

En esos momentos de total introspección y recogimiento, nada importa salvo mi contacto directo con el mundo a través del tacto suave de esa burbuja. Y este embrujo ni siquiera se desvanece cuando salgo del café de turno (siempre más erguida y satisfecha de lo que entré), porque lo hago con energía renovada e ingenuo optimismo. No hay nada como ver mi vida pasar con los codos apoyados sobre la mesa de un café y la mirada perdida entre sus mesas.

Leo Goldberg, sin duda, lo ha sabido explicar mejor. Y no me queda más que agradecérselo desde aquí.

 

VerdadesJanuary 19, 2008 9:13 pm

¿Sabes?

La otra noche soñé con Ramón y sus pantalones roídos. Seguía en el trozo de parque que la vida le tiene reservado. Soñé con esos ojos viejos pero aún encendidos y con todas sus palomas, suyas porque aunque vengan del cielo y al cielo regresen, nunca lo hacen sin pasar antes por Ramón.

Y me pregunto si se quedó algo de mí en ese parque, si se evaporó parte de algo en el humo de los cigarros que allí fumaba. Me busco en lo que fui pero sólo me encuentro en lo que soy. Y sé que soy gracias a lo que recorrí. Gracias a ese parque y al inicio del vuelo de sus palomas.

Y por primera vez en todo el tiempo, no tengo fondo de escritorio ni escenas avanzando encima de nubes, pero es aquél y éstas las que dan forma y contenido a todo lo demás, es decir a todo.

Ahora los sueños no son azules sino del color del suelo que piso. Alcancé una nube despistada y algún ángel de la guarda, Dios lo bendiga auque ya no crea en esas cosas, sigue enderezando sus algodones para que lo mismo me atreva a mirar hacia arriba, allá por donde moran las estrellas, como hacia abajo, allá donde mis pasos siguen taconeando mientras me dejo llevar por el vuelo siempre expectante de las palomas de Ramón. 

Farfalla

VerdadesJanuary 17, 2008 11:06 am

Tengo a una persona muy importante para mi que está a punto de fallecer, no puedo precisar fechas, pero imagino que no tardará demasiado, o puede que sí, los médicos no se atreven a establecer, ni mucho menos precisar con detalle fecha alguna.

Después de pasar casi un mes y medio durmiendo a diario en el hospital - hospital concertado con el servicio gallego de salud que pertenece a un grupo de curas y monjas – puedo afirmar con rotundidad que la sociedad es una hipócrita, sobre todo los creyentes religiosos.

Estoy totalmente convencido de que “sufrir no da la razón”, pero tampoco la quita. Como mucho puede dar lástima, algo repugnante que prolifera entre los hombres.

La mayoría piden vivir dignamente, incluso muchos solicitan ayuda para conseguir tal fin. Morir es algo más decepcionante porque en muchos casos no se puede pedir ayuda, ya no el propio enfermo, sino sus familiares. Una muerte rápida sería lo mejor que le podría pasar a mi familiar, digo lo mejor porque lleva casi tres años postrada en una cama, con demencia, ahora sin habla y sin poder ingerir alimentos sólidos.

Tiene la suerte de que a su lado siempre hay alguien, nunca se queda sola y hasta que fallezca así seguirá siendo.

Yo he preguntando a una médica porque no le ayudaban a finalizar sus días cuando todavía estaba hospitalizada, por qué no dejaban de torturarla y hacían algo respetable, ayudarle a morir. Me dijo que no podían matarla.

La ignorancia es el opio del pueblo. Le contesté afirmando que yo no le pedía que la matasen, porque realmente ya está muerta. Les pedí que la ayudasen a morir, en ese instante añadí, a morir dignamente.

La gente escucha la palabra dignidad y en ese instante su cara cambia. La fulana me espetó, “haremos todo lo posible para que no sufra”. Pero mi familiar respiraba mediante un dispositivo inventado por los hombres, se le alimentaba mediante una máquina y no abría los ojos ni pronunciaba palabra. Si eso no es sufrir que alguien me indique que cojones significa.

No todos somos iguales y quien diga lo contrario es un hipócrita más. Pero si todos coincidimos en algunas cosas, una de ellas es nuestro fin, todos acabaremos muertos, por suerte.

Vivir dignamente es una lucha diaria, incluso hay grupos de personas que pelean porque algunos, los más desfavorecidos, tengan alguna oportunidad de hacerlo, pero morir, morir tiene mala fama, una fama que no merece, fama que le atribuyó durante años la religión. Y yo creo, que morir dignamente es tan importante, o más, que vivir.

GeneralJanuary 11, 2008 12:49 pm

Hay imágenes que detienen tu vida aunque sea por unos segundos, imágenes de una normalidad pasmosa que te arrollan como un coche saltándose un semáforo en rojo.

 

Esto me pasó varias veces en el sudeste Asiático.

Luang Prabang es la segunda ciudad de un paraíso terrenal llamado Laos. Sus calles no son especialmente bonitas, ni especialmente interesantes. De hecho, no son especialmente nada, pero te van calando los huesos como esa suerte de frío húmedo que termina incrustándosete hasta en la médula. Y cuando quieres darte cuenta, su encanto único ya te ha asaltado por la espalda y no hay posible escapatoria: estás atrapado en su autenticidad.

Una mañana se cruzó en nuestro camino un personajito especial. Una niña (preciosa también) de no más de cuatro años. Vestía un jersei rosa pálido debajo de un guardapolvo  de flores amarillas terminado en un volante. Debajo, unos pantalones de deporte (los legendarios ochenteros color marino con franjas laterales blancas)  cortados por debajo de la rodilla. Calcetines a rayas de colores y unos fenomenales zapatos rosas de plástico. Y de tacón. Una graciosa coleta de caballo completaba una combinación de elementos un tanto estrambótica pero encantadora.

Lo que me impactó fueron sus andares. Como si hubiera nacido con los tacones puestos. Como si los tacones fueran de madera maciza en lugar de goma barata.  Como si andara sobre la pasarela Gaudí. Como si tuviera unas alas invisibles que la proveyeran de gráciles saltos en lugar de pasos convencionales. Pizpireta y coqueta con sus cuatro trapos mal combinados, pero llevados con tanta gracia y dignidad que no me imagino a esa princesita asiática con un atuendo mejor.

Cruzó una calle desierta como una gacela. Nos dirigió una rápida y tímida mirada y siguió taconeando rumbo quién sabe adónde.

Farfalla