Hoy un amigo me ha confesado que quiere irse lejos, muy cerca del frío, a un pueblo pequeño y poco poblado que probablemente yo tendría que buscar en un atlas para saber ubicar con exactitud. Esta es una historia para él. Para él y para todos los que quieren desplegar sus alas en busca todavía no saben de qué. Porque…

“…no sabía dónde quería ir, sólo sabía que tenía que hacerlo”.

Esta  es una historia para los que alguna vez en su vida han necesitado verse reflejados en unos ojos extraños, cogidos de una mano fría, tendidos junto a mares nuevos. Para quien prefiere la angustia de lo desconocido a la certidumbre de la jaula de barrotes de oro. Para quien se arriesga a perderlo todo porque sabe que nada tiene hasta que salga a buscarlo. Para los que un día metieron su ropa, sus libros y sus sueños en una maleta para salir a perseguirlos. Para quien sintió los poros de su mente abrirse de par en par, como las puertas de una casa imaginaria, como las olas del mar, como “esa” sonrisa especial. Esta es una historia para los rebeldes consigo mismo, para los inestables crónicos, para los emprendedores emocionales.

Para los que no temen viajar sin brújula y siguen sólo el mapa de sus fantasías. Para los que tienen como religión sus propios mandamientos y rezan tumbados, mirando a la Luna. Para quien podría construir una barca con cuatro troncos de madera firme, un pedazo del cordel que le ate a sus sueños y una vela hecha de su propia camiseta. Para los que se van con un cuaderno en blanco, una pluma sin recambio, su libro preferido. Para los que sentirán siempre, allá donde estén, la magia que ellos mismos sabrán encontrar a cada paso en azules o negros ajenos, en manos que se tienden, en pasos que se dan bailando. 

Y estas líneas pueden ser el principio de su historia, la de mi amigo, la de una persona especial que aún no sabe que lo es pero que tal vez lo averigüe pronto. Esta es mi historia. Esta es tu historia.  

Felices altos vuelos.

Farfalla