En estos días ando metida de lleno en otras letras de Vargas Llosa y, sin ser una entendida, diría que su última novela, Travesuras de la niña mala, supone un giro, o tal vez un guiño a su anterior prosa. Vargas Llosa vuelve con un vendaval de aire fresco, o casi mejor decir, con un huracán de sentimientos que salen al exterior con la presión de un frenesí casi desaparecido en la literatura de nuestros días.

Ricardo es un limeño de clase medio-alta cuya única aspiración en la vida es vivir en París y encontrar la estabilidad emocional. Conformista, generoso, impulsivo en medio de su pretendido pragmatismo. La Chilenita es un terremoto de mujer de origen humilde pero ansias aristocráticas, que centra su existencia en la estabilidad económica, pagando en ocasiones precios altísimos que el autor nos describe con un rigor que roza lo escatológico. Desde que él se enamora de ella en una fiesta pre-adolescente en el Perú velazquista, su vida queda sentenciada.

Ambos protagonistas vivirán su sórdido amor durante décadas en marcos como Londres, Tokio y Madrid, una suerte de relación masoquista que deja al lector con decenas de interrogantes acerca de la posibilidad de un sentimiento de semejante calibre. ¿Es normal dejarse manipular por una mujer cuando se es perfectamente consciente de que la maniobra terminará una y mil veces en humillación y desprecio? ¿Puede el ser humano adentraste en los entresijos más ocultos del amor-pasión a cambio de momentos extremos, a costa de la propia vida?

A Ricardo no parece importarle entregarse a una mujer varias veces casada –siempre con otros hombres-, calculadora hasta niveles maquiavélicos, fría como el témpano y sabedora del poder que ejerce sobre él.

Pero aunque la Chilenita y Ricardo parecen dos personajes opuestos y contradictorios, en el fondo tienen un común denominador: dejan pasar su vida en busca de algo que nunca encuentran, sabedores de que sólo son camino. Únicamente al final del libro el autor pretende, no estoy segura si con éxito, cerrar el círculo.

He leído la novela de un tirón, absolutamente enfrascada en la historia, en intentar hallarle un sentido. Pero me queda la duda de las verdaderas intenciones de Vargas Llosa. ¿Qué pretendía con esas escenas explícitas y reincidentes de sexo? ¿Por qué el marco social y político de la novela (los años 60, la dictadura velazquista, la reforma y la vuelta a la democracia en los 80) pasa casi desapercibido? ¿Por qué tanto énfasis en una historia de amor con la que es tan difícil identificarse?

¿O me estoy equivocando y el geriátrico final demuestra el triunfo del amor sobre todas las cosas?

¿Pero… qué cosas?

¿De qué sirve una historia de amor que termina más o menos bien, al final de los días, si durante toda una vida no ha supuesto más que sufrimiento irracional?

Farfalla