Este fin de semana he asistido a tres fiestas alemanas, y creo que la crónica social tiene suficiente empaque como para transformarla en post. La primera, una fiesta business en un garito cool de Frankfurt (o sea, “más” en Alemania no se puede); la segunda, una fiesta familiar en una pequeña ciudad de Baviera; y la tercera, una fiesta para niños.
La primera fiesta la celebraba una empresa en su quinto aniversario. Como el mundo de la moda en este país es una historia a parte, decidí preguntar cuál era el modo apropiado de vestirse para asistir al evento, y me dijeron que el dress-code era “chic”. Pero claro, imposible saber si se referían al chic de Sarah Jessica Parker o al de H&M. Al final, el que iba más arreglado llevaba una camisa de manga corta. Es curiosa la poca importancia que le dan los alemanes a esto del vestir. No es que tengan mal gusto (para eso ya tenemos la representación mundial de los ingleses y los americanos), sino un gusto escaso. Les falta sentido estético. Pero a ellos no les importa porque lo suyo es una elección consciente y compartida.
El cumpleaños treintañero estuvo muy bien, en el jardín de un bar-restaurante. Al lado celebraban una fiesta pre-boda, un evento en que cada persona que asiste tiene que romper un plato contra el suelo en señal de buen augurio de la pareja y en detrimento de su vajilla. Así que el hilo musical estuvo entretenido.
En la barbacoa, salchichas y cerdo sazonado (a la carne siempre le ponen de todo encima… al final ya no sabe a carne, sino sólo a lo que ponen encima). Varias salsas para acompañar. Entre la carne, el adobado y la salsa, eso era un carnaval de sabores. Kartoffelsalat, que no falte. Pero esto era sólo la antesala de lo que realmente adoran los alemanes: los pasteles. Había casi diez variedades diferentes, todas caseras y a cual más dulce. Para ellos no es un problema elegir: se ponen un poco de cada una y parece que el estómago tiene espacio para todo: el sazonado de la barbacoa, las salsas variadas, las Würste (o sea, salchichas), los pasteles y, por supuesto, la cerveza en dosis de medio litro y frecuencia de una tras otra non stop.
Con mi nivel de alemán de ir a comprar el pan, poco puedo aportar en una fiesta. Pero en ésta había un chico, amigo del cumpleañero, que hablaba español, así que tan pronto lo identifiqué y me identificó, entablamos conversación durante… minuto y medio más o menos, momento en que su novia, a través de un salto sobre sus tacones, apareció como caída del cielo. Nada de esto es literario, sino literal: hizo acto de presencia de repente, procedía de la nada, creo que llegó corriendo sobre sus elevadísimos y horteras zapatos. La rusa –era rusa- se plantó al lado del chico, interrumpió nuestra conversación y dijo: “Hallo, ich bin seine Freundin” (traducción simultánea que os puedo ofrecer gracias a mi nivel de ir a comprar el pan: “Hola, soy su novia”). Y acompañó la frase con una sonrisa estúpida, a medio camino entre la amenaza y el ridículo, que dejó en evidencia instantánea su coeficiente intelectual.
La tercera fiesta fue un cumpleaños de una niña que cumplía sus siete veranos. Se celebró en su casa y asistió un vendaval de niños, todos muy formales y bien educados. En un determinado momento se puso a llover en forma de diluvio universal, así que la fiesta, que se celebraba en el jardín, se tuvo que trasladar inmediatamente a la habitación de la susodicha. De repente, casi quince niños en pelotón se metieron en una habitación del tamaño del último piso en que viví en Barcelona. No pude evitar preguntarme qué habría pasado si una situación así me hubiera sucedido a mí de niña y nos hubiéramos tenido que meter quince niños en los ¿tal vez 10 metros cuadrados? que medía mi antigua habitación.
Y como colofón de crónica: esta niña adora los caballos, las conchas marinas y las piedras. Me sorprendió comprobar que todos los regalos que le llevaron sus amiguitos tenían que ver con caballos, conchas marinas y piedras. Pensé “Qué bien organizados están estos niños alemanes”. Más tarde me enteré de que ese acierto no fue fruto del azar, sino de una “Lista de cumpleaños”, es decir, como la de Bodas pero para niños. Vas a la tienda, consultas la Lista de la niña tal, y eliges el regalo que prefieras de entre una lista por ella especificada. Asombroso.
Ya veis, un poco de todo y para todos los gustos.