Recuerdo cuando de niña veía alguna de esas típicas comedias americanas que terminan con el baile de fin de curso. Primavera, invariablemente primavera. Eligen como reina siempre a la rubia y guapa más estúpida, y como rey al protagonista, mientras que al final de la sala de baile, el patito feo transformado en princesa por una noche –o sea, la protagonista- observa el veredicto con cara de cordero degollado.

Al final, sin giros demasiado rebuscados, la rubia termina con el vestido empapado en ponche o con un pastel sobre su oxigenada cabellera, mientras que la princesita es iluminada por el foco de Hollywood, justo antes del beso final –por fin- y de los créditos sobre una escena de globos de colores flotando a ritmo de una canción romántica y pegadiza, americana también.

Ayer por casualidad vi una película de este género en alemán. Una producción actual cuyo guión, sin embargo, podría ser calcado a alguno de hace veinte años. Durante dos horas estuve esperando el beso final, porque para eso sirven estas películas, y cuando llegó, me inundó una sensación terriblemente familiar: ese cosquilleo en el estómago acompañado de una sonrisa ligera, los ojos ligeramente humedecidos, sentir ese “clic” universal del que incluso uno mismo se siente partícipe.

De niña siempre soñé algo así para mi vida. No me importaban tanto las coronas o las fiestas, pero sí el beso de película, porque cuando los miraba en mi televisor, una especie de fuerza universal me decía que tenía que ser así, que el amor era precisamente aquello.

Han pasado los años y sigo pensando lo mismo. Tal vez las producciones norteamericanas no estuvieron tan lejos de recrear mis sueños. El chico más guapo del mundo (según mi parecer, huelga decir), la música de fondo, la sensación de sentirte la Cenicienta del siglo XX. La protagonista de un cuento de hadas: mi cuento de hadas.

La vida debería ser siempre así: bailes de príncipes y princesas que se reencuentran. Reinas destronadas. Primaveras perennes. Ponche en vasos de plástico. Globos de colores.

Globos de colores.

Farfalla