Me decía hace poco una amiga, respecto de otra: “Es tan maja. Mientras estuve embarazada me escribía casi cada semana para preguntarme cómo estaba”. Lo que dijo a continuación no lo escuché. Ni siquiera lo oí. Me había quedado trabada en aquella afirmación categórica.

Por ende, si yo no le había escrito cada semana preguntándole qué tal se encontraba, ¿significa que soy menos “maja” que la otra? ¿O que me preocupo menos por ella? ¿O que no la quiero tanto?

¿Será verdad que los sentimientos se miden por el número de demostraciones que los representan? ¿Quiere más quien más lo manifiesta?

Tengo la sensación de que todos nos equivocamos, porque basamos las relaciones en el efecto “balanza”, y cuando nuestro platillo pesa más que su compañero, desconfiamos, nos enfadamos, recriminamos y exigimos más.

Pero… ¿más amor o más manifestaciones?

Y a veces nos reprochamos a nosotros mismos el haber dado tanto. O mejor: el haber dado más de lo que habríamos considerado –justo- haber recibido. Pero, ¿se pueden medir los sentires? ¿Son como una cuenta de resultados? ¿Existe el Haber y el Deber?

Muchas veces me siento incómoda al lanzar un misil a algún Amigo. Pienso que se lo mando para que sepa que le recuerdo, cuando en realidad me gustaría que lo supiera cada día, sin misiles, sin llamadas, sin nada. Me gustaría saber que simplemente somos y estamos, sentimos y sentiremos, sin cuestiones contables mediante.

Qué bonito sería poder prescindir de esta balanza. Meterla en una caja vieja y guardarla en el desván hasta que el polvo gastado la cubriera por el tiempo. Sí, qué bonito un mundo sin balanzas, sin temores, sin reclamaciones. Qué bonito notar que esa Persona simplemente está ahí aunque yo no se lo esté recordando cada semana. O sin que ella me lo recuerde a mí. Qué bonito dejarse llevar por la convicción de que ambos lados de la balanza, aunque parezcan descompensados, pesan exactamente lo mismo.

Farfalla