
Sí, las tengo. Por fin. Después de años de espera, viajes postergados, oportunidades perdidas. Pero ya las he comprado: las entradas para el Museo Van Gogh. Dentro de menos de una semana estaré perdida entre la magia de los canales de Amsterdam y el aroma adelantado de tulipanes que tapizarán su primavera. Dentro de menos de una semana estaré literal y literariamente sumergida en la mayor concentración de genialidad que la pintura impresionista nos ha dejado.
No recuerdo desde cuándo Van Gogh es para mí una pasión. Es como si siempre hubiera formado parte de mi vida, más desde aquel lejano día en que alguien me regaló una de sus reproducciones, la Noche estrellada. Recuerdo que llevé a enmarcar ese metro por metro treinta y que me costó 16.000 de las memorables pesetas, en aquel entonces un capital para una estudiante como yo.
Pero ese cuadro me ha acompañado siempre. Colgó en mi habitación de la casa de mis padres y después me siguió en las numerosas mudanzas que he realizado, unas veces presidiendo paredes, otras apoyado en el suelo, algunas incluso embalado en un trastero esperando su turno, que siempre llegaba.
No os podría describir lo que he sentido cada vez (pocas) que la vida me ha permitido ver de cerca un Van Gogh. Una explosión interior, una confluencia de fuerzas, una concatenación de fuegos artificiales. Por eso me resulta difícil imaginarme rodeada de decenas y decenas, ¿serán cientos? de cuadros de mi genio particular. Sólo de pensarlo me emociono.
Os cortopego algo que escribí en mi anterior blog en un intento no sé si fallido de describir esa Noche Estrellada. Espero que os guste, porque ese cuadro es el mejor espejo de mi Alma que he encontrado.
“Me descalzo y meto un pie dentro del lienzo. Está frío, pero me gusta su viscosidad. Dejo que mis dedos chapoteen entre las tonalidades frías del óleo: he entrado por el vértice inferior derecho. Resbalo. No sé qué rumbo deberían tomar mis pies, dudo si dirigirlos al pueblo que bajo trazos impresionistas reposa, o elevarlos directamente a esa vorágine a la altura del cielo. Pero sí sé que este cuadro soy yo, que dibuja la esencia de mis alas con la maestría de un genio y la certeza de algunos recuerdos.
Camino entre casas apagadas, rumbo a ese tejado carmesí. Los tejados son las metas a las que me dirijo, las que vislumbro, por las que lucho. Me pierdo entre callejuelas vestidas de árboles azules. Es lo que tienen los paseos oníricos: uno puede pintar los elementos del color que guste y no sentirse un loco. Este pueblo representa mi parte en reposo, que también tengo, aunque escondida. Es el lugar al que en última instancia acudo para refugiarme de mí misma. Y de ti. Son puertas cerradas pero ventanas abiertas. Es un avispado aguijón hecho cúpula de iglesia rompiendo serenas horizontalidades.
Y ahí aparecen con toda su majestuosidad: los cipreses que son mi Alma. Serpentean ondulantes, certeros, sin perder de vista su Destino: ése centelleante cielo que todo lo esconde y todo lo puede. Sus ramas se elevan desviándose sólo lo justo para crear ángulo, asentar raíces y llegar alto con garantías. Nunca se detienen, no hay opacidad que las intimide ni noche que las detenga. Suben y suben y suben al compás de un viento que ulula: el aire que respiro. Y llegan y llegan y llegan a un cielo en el que son reinas y princesas, un cielo en que cada estrella es una galaxia, un cielo sin sol…
… pero con esa Luna que no es otra cosa que mi Corazón. Subida en una estrella centrífuga me deslizo entre dunas de brillos y espirales de luz para llegar hasta ella. Sacudo mis pies de restos de óleo, y en forma de gotas densas caen ocres y azules, verdes y amarillos, e incluso una chispa de rojo pasión. Y ahí me quedo: sentada sobre el cuerno de mi Luna, inmersa en un torbellino de fulgores sin color, o con todos los colores, oteando el pueblo sereno que soy en ocasiones, los cipreses trepadores que conducen mi Alma y el cielo llameante en cuyo manto cada estrella es uno de mis Sueños”.
Farfalla

¿No increíble?
Pero Noche Estrellada tendrá que esperar, porque se aloja en el MOMA de NY, al que algún día, por supuesto, iré.
Besos Voladores
Comment by Farfalla — October 19, 2008 @ 1:32 pm
Que mala suerte, no te preocupes NY estará esperando tu presencia.
Espero que lo pases bien en Amsterdan es una gran ciudad, pasea, pasea y pasea, algo que la gente parece olvidar. Disfruta del museo y feliz estancia.
Besos
Bolo
Comment by bolo — October 19, 2008 @ 2:21 pm
No, si ya sabía dónde está el cuadro! No es una decepción, al contrario. Una dulce espera…
Comment by Farfalla — October 19, 2008 @ 2:29 pm
Guapa, las esperas por norma no suelen ser dulces, ya lo dice el refrán, el que espera desespera, pero me gusta que lo veas desde esa perspectiva….
Besos
Comment by bolo — October 19, 2008 @ 4:49 pm
Qué envidia, Farfalla.
Estoy seguro de que te va a encantar la ciudad, sus colores, su arquitectura,las postales que se te aparecen a cada paso y el aire que allí se respira.
Ya verás.
Disfruta y, como muy bien dice Bolo, pasea.
Saludos a tutti.
Comment by Jeffrie — October 20, 2008 @ 10:11 am
Que suerte la tuya. Sana envidia.
Menudo post que te saldrá, ya lo espero.
Un Abrazo.
Comment by Stark — October 20, 2008 @ 9:39 pm