Siempre pensé que hay dos circunstancias en la vida que te brindan el grado de clarividencia necesario para poder distinguir entre los buenos amigos y aquellos que creías que lo eran. Y son: pasar por una etapa vital de escisión o traumática, o bien mudarse a otro país. Por suerte o por desgracia (tengo que acabar de decidirme) yo he pasado por ambas prácticamente de un modo simultáneo.
¿Resultado? La vida me ha obsequiado con tal ángulo de perspectiva que a veces siento que me gustaría estar un poco más ciega. Y es que tomar distancia revela y descubre lo que sin moverte del sitio no se puede ver.
Sólo alejándote del escenario de la función puedes contemplarla en su totalidad. Y este hecho en ocasiones te ofrece la sorpresa inesperada de comprobar que esas personas de las que menos esperas son precisamente las que más te dan. Y viceversa. Huelga decir que siempre hay excepciones, faltaría.
Lo primero aporta una alegría única que recibes con vocación de eterniedad.
Lo segundo, incrédula decepción. Decepción y el deseo ocasional de disponer de unas gafas con una graduación errónea que permitan distorsionar la realidad.
Pero una vez alcanzas el nombrado ángulo de perspectiva, no es posible desprenderse de él.
Ahora intento aplicar una máxima vital que alguien compartió conmigo una noche no muy lejana tras una larga jornada de trabajo: cada uno da en función de sus posibilidades, y no debemos culpar a los demás por sus limitaciones.
El único problema radica en que yo en realidad creo que no ser trata sólo de limitación en su sentido estricto, sino también de voluntad.
En cualquier caso, aprovecho este blog que apenas nadie lee para agradecer a esas personas que tanto me han acompañado (y siguien haciéndolo) en mi destierro, su apoyo incondicional. En cuanto a las otras, ésas de las que tanto esperaba, ahora puedo verlas con claridad encima del escenario.
Ya no puedo elegir entre la felicidad del ignorante o la crueldad de la Verdad.
