De perdidos al río y mezclo el título de la última novela de Saramago con un apunte personal, en un guiño a un atrevimiento naíf que a continuación os aclararé.

Los que me leéis bien sabéis que soy una Saramagoniana en toda regla, y como tal esperaba con curiosidad y ganas su última novela después de veinte años de silencio literario y una grave enfermedad. “El viaje del elefante” no defrauda a los que le admiramos: es una novela muy de él, con todos los ingredientes estilísticos y de contenido que ya hemos hecho suyos, pero varias veces aumentado por una perspectiva que presumo aporta sólo la edad, la experiencia y, por supuesto, el ingenioso talento de este escritor.

Definido por él mismo como un “cuento largo”, esta breve novela, sencilla a primer golpe de vista, encierra entre sus líneas las moralejas de vida, los incontables guiños irónicos y la lucidez preclara a que Saramago nos tiene acostumbrados.

“El viaje del elefante” cuenta una historia real aunque salpicada de imaginación, porque según el mismo autor manifiesta, es ese punto donde confluyen realidad y ficción lo que hace de la literatura lo que en realidad es.

El eje vertebral es el viaje épico, prosaico y jovial que en el s. XVI emprende un elefante asiático llamado Salomón desde Lisboa a Viena por algunos caprichos reales y absurdos designios.

La novela, que ronda las 240 páginas, da cuenta de la imaginación de Saramago. "La compasión solidaria, ese sentimiento que siendo expresado literariamente es, sobre todo, humano, atraviesa toda la obra, se distingue y se significa", comenta la periodista Pilar del Río. El humor también está presente en la obra y el escritor lo emplea "para salvarse a sí mismo y para que el lector pueda penetrar en el laberinto de humanidades en conflicto sin tener que abjurar de su condición indagadora de humano y de lector", explica la esposa del escritor portugués.

Ironía, sarcasmo, belleza y responsabilidad de escribir están presentes en un libro que no deja indiferente por lo que tiene de fábula, realidad, ingenuidad e inteligencia.

Y cambio de tercio. Ando sumergida en la lectura de las memorias de Gabo y, aunque sólo llevo cien páginas, me han servido para aceptar lo que desde hace tres años intento acallar: ya no escribo y todo apunta a que no vuelva a hacerlo jamás. Primero le di una oportunidad a la lícita crisis literaria, después a los antojos de la Dama Inspiración, pero ahora ya no tengo más excusas en la retaguardia: no sé si algún día sirvieron de algo mis letras, pero sí que si tuvieron alguna razón de ser, fue en el pasado y no ahora.

Suena triste, suena como una derrota o incluso como una confesión  susurrada al oído. Ponedle la música que prefiráis. Mi pentagrama se ha quedado sin notas.

Farfalla