Sé que escribo poco, mis queridos tres lectores, pero cuando uno no siente la necesidad de contar, mejor guardar silencio.

Pero hoy aquí estoy, de vuelta momentánea, porque uno de vosotros tres me ha pedido que así fuera, y porque tras treinta y tres años he llegado a una feliz conclusión que me dispongo a compartir. Os pido disculpas de antemano por mi pretensión: hoy no escribiré de otros libros o autores. Hoy el tema va de mariposas.

Os decía que he concluido algo tras muchos años y no pocos disgustos. Me diréis, tras leerlo, que se trata de una obviedad. Pero soy de las que necesita meter el dedo en la yaga, y además no me suelo contentar hasta que la presiono con fuerza y volteo con mi yema en semicírculos. Ya me entendéis.

Al lío: La verdad incondicional está socialmente mal vista.

Me explico. “¿Te gustan los zapatos que me acabo de comprar?”, “¿Qué te han parecido mis padres?”, “Crees que el relato que te he pasado podría ganar algún concurso?”, “¿Te gusta mi nuevo corte de pelo?”, “No es fantástico, Roberto? (léase, el novio de tu amiga)”. Y así hasta el infinito. Por fin he comprendido que estas son las respuestas que conviene evitar:

  • Pues la verdad es que me recuerdan a unos de mi abuela. Pero ya sabes: se lleva lo vintage.
  • Un poco machacas y ya chochean, pero tranquilo, los míos también.
  • ¿Y no has pensado nunca en apuntarte a un curso de fotografía digital?
  • Me gustaba más el anterior… pero el pelo crece enseguida.
  • Pues a mí me parece un crío, además de pedante y controlador.

Por el contrario, son socialmente bien recibidas estas otras:

  • ¡Son divinos! ¿Te molesta si me compro unos iguales?
  • Son encantadores. Ojalá fueran los míos.
  • Pero ninguno por debajo del Planeta, ¡eres la próxima Lucía Etxebarría!
  • Pareces un año más joven y tres puntos más guapa.
  • Es un hombre 10, hacéis una pareja formidable y vuestros hijos serán más guapos que los de Brangélica.

Si perteneces a esa categoría de ser humano que gusta de manifestar sus opiniones sinceras, sin corrector de ojeras ni sombras de ojos multicolor, que sepas que el común de los mortales prefiere no oírlas. Y aunque no deje de parecerme paradójico, el prójimo se queda más feliz y complacido si le regalan los oídos.

Supongo que durante tanto tiempo he estado equivocada porque siempre he preferido las verdades de frente, aunque sean a cara lavada. Pero ya son demasiadas críticas recibidas. Es difícil comprender que los demás no siempre van a ser tan sinceros contigo como te gustaría, pero lo es más todavía aceptar que los que te rodean esperan que tú te comportes con ellos haciendo gala de la misma diplomacia postiza.

Hay que ser cortés. Y la cortesía es una forma de apariencia. Y la apariencia es superficial. Y en lo superficial no se encuentra la verdad.

Será cuestión de entrar en el baile con la máscara puesta.

Manda perendengues.

De haber sabido esto antes, me habría ahorrado un número considerable de tropiezos.

Pero habría continuado siendo más yo misma.

Farfalla