
A lo largo de siete cuentos, Kundera me vuelve a sorprender con su agilidad mental y su lenguaje incisivo. Una delicia para las neuronas una vez más, y no será la última.
“El hombre atraviesa el presente con los ojos vendados. Sólo puede intuir y adivinar lo que de verdad está viviendo. Y después, cuando le quitan la venda de los ojos, puede mirar al pasado y comprobar qué es lo que ha vivido y cuál era su sentido”.
Así el instante desaparece en un abrir y cerrar de ojos (tal vez por eso en alemán “instante” se diga “Augenblick”, es decir, “mirada de ojo”). Por eso sólo tenemos verdadera consciencia de las cosas que nos suceden cuando las recordamos, y es en esos momentos cuando podemos apretar el “pause”, rebobinar, verlas a cámara lenta… y sentirlas mejor que si las estuviéramos viviendo, esto es, reviviéndolas.
“Pero así suele suceder en la vida: el hombre cree que desempeña su papel en determinada obra y no sabe que, mientras tanto, han cambiado el decorado en el escenario y, sin darse cuenta, se encuentra en medio de una representación completamente distinta”.
Y nos vemos obligados a aprender una y mil obras en las que tenemos que interpretar uno y mil personajes, y al final de la función, cuando los focos se apagan y el silencio entra por donde antes salió la gente, nos volvemos a quedar insultantemente solos, con la única reminiscencia del rayo de calor que dejó tras de sí el foco que un día nos iluminó.
“¡Con qué ligereza y con qué defectuosos materiales edifica el hombre sus excusas!”.
¿Será para convencernos a nosotros mismos de que así la mano de obra es más barata, o tal vez para que, en caso de reclamación, siempre podamos acudir a la mala calidad de la materia que sustentó nuestras acciones?
“Uno debe cabalgar permanentemente a lomos de las historias, esos potros raudos sin los cuales se arrastraría uno por el polvo como un peón aburrido”.
Y benditas sean las Historias en los particulares “files” de nuestros corazones. Bendito el recorrido que contigo he caminado, las piedras que hemos apartado juntos, las palabras que ya fueron dichas y sentenciadas. Bendita la función que todavía sigue y que se llama “Nuestra Historia”, sí, sólo nuestra: la Tuya y la Mía.
“Puede que te quiera mucho. Pero quizá por eso mismo será mejor que nos quedemos como estamos. Puede que un hombre y una mujer estén más cerca el uno del otro cuando no viven juntos y cuando simplemente saben que existen y que están agradecidos por existir y por saber el uno del otro. Y sólo con esto les basta para ser felices”.
Para ser felices en su Historia, única en forma y esencia. Porque cada Historia de dos es un mundo en sí misma, en el que no cabe nada más que esa Historia, ni nadie más que sus actores. Tal vez saber que existes sea tan bello como dejar un libro de Neruda encima de la mesilla de noche: aunque no lo leas cada noche, sabes que está ahí.
“Si no le dijeses más que la verdad, lo que realmente piensas de él, establecerías un diálogo en serio con un loco y tú mismo te convertirías en un loco. Y así es como nos funciona el mundo que nos rodea. Si insistiese en decirle la verdad a la cara, eso significaría que me lo tomo en serio. Y tomarse en serio algo tan poco serio significa perder la seriedad. Yo, hermano, tengo que mentir si no quiero tomarme en serio a los locos y convertirme yo mismo en uno de los locos”.
Para eso están las funciones y las Historias, por eso podemos elegir entre no mentir y parecer un loco, o mentir y serlo. Y en esta sutileza reside nuestro poder de decisión, lo que nadie nos puede arrebatar: ¿saltamos de un brinco al escenario o nos quedamos cómodamente sentados en el patio de butacas mientras vemos cómo los demás saltan?
Farfalla