Las palabras vuelan, lo escrito queda.
Siempre existen excepciones, pero es cierta la expresión que dice: “el hombre es el único animal que tropieza en la misma piedra dos veces”
Las palabras vuelan, lo escrito queda.
Siempre existen excepciones, pero es cierta la expresión que dice: “el hombre es el único animal que tropieza en la misma piedra dos veces”
Quién sabe si haya sido el artículo posteado aquí o tal vez lo fuera la inapelable voluntad del destino, el caso es que estos dias he andado leyendo Corazón tan blanco, de Marías, novela que una inexplicable pereza aplazó suspendiendo su lectura a un tiempo incierto que había de llegar inexorablemente, una de esas cosas de las que se tiene la certeza, también inexplicable, de que no quedará pendiente, esas que saben encontrar su momento oportuno independientemente de nuestra voluntad, una fatalidad; y entre las letras y palabras rejuntadas encontré una, a mi juicio, magnífica reflexión, quiero creer que inspirada en una de esas lacónicas, elocuentes e inquietantes sentencias de Saramago, o no, que las ideas no tienen dueño ni señor, aunque a alguno le pese; el tal pensamiento que Marías cuela en la novela dice así:
“Y la prisa venía porque tenía conciencia de que lo que no oyera ahora ya no lo iba a oír; no iba a haber repetición (…), sino que cada susurro no aprehendido ni comprendido se perdería para siempre jamás. Es lo malo que tiene cuanto nos sucede y no es registrado, o aún peor, ni siquiera sabido ni visto ni oído (…). El día que no estuvimos juntos ya no habremos estado juntos, o lo que se nos iba a decir por teléfono cuando nos llamaron y no respondimos no será nunca dicho, (…) y todo será levemente distinto o del todo distinto por nuestra falta de atrevimiento que nos disuadió de hablaros. Pero si incluso si aquel día estuvimos juntos, o estábamos en casa cuando nos telefonearon, o nos atrevimos a hablaros venciendo el temor y olvidando el riesgo, aun así nada de ello se volverá a repetir, y por consiguiente llegará un momento en el que haber estado juntos será como no haberlo estado (…) y habernos atrevido a hablaros como haber callado. Hasta las cosas más imborrables tienen una duración, como las que no dejan huella o ni siquiera suceden, y si estamos prevenidos y las anotamos o las grabamos o las filmamos, y nos llenamos de recordatorios e incluso tratamos de sustituir lo ocurrido por la mera constancia y registro y archivo de que ocurrió, de modo que lo que en verdad ocurra desde el principio sea nuestra anotación o nuestra grabación o nuestratra filmación, sólo eso; aun en ese perfeccionamiento infinito de la repetición habremos perdido el tiempo en que las cosas acontecieron de veras; y mientras tratamos de revivirlo o reproducirlo y hacerlo volver e impedir que sea pasado, otro tiempo distinto estará aconteciendo, y en ese, sin duda, no estaremos juntos ni cogeremos ningún teléfono ni nos atreveremos a nada ni podremos evitar ningún crimen ni ninguna muerte, porque lo estaremos dejando pasar de lado como si no fuera nuestro en nuestro intento enfermizo de que no termine y regrese lo que ya pasó. Así, lo que vemos y oímos acaba por asemejarse y aun igualarse con lo que no vimos ni oímos, es solo cuestión de tiempo, o de que desaparezcamos. Y a pesar de todo no podemos dejar de encaminar nuestras vidas hacia el oír y el ver y el presenciar y el saber, con el convencimiento de que esas vidas nuestras dependen de estar juntos un día o responder una llamada, o de atrevernos, o de cometer un crimen o causar una muerte y saber que fue así. (…) nada sucede sin interrupción, nada perdura ni persevera ni se recuerda incesantemente, y hasta la más monótona y rutinaria de las existencias se va anulando y negando a sí misma en su aparente repetición hasta que nada es nada ni nadie es nadie que fueran antes, y la débil rueda del mundo es empujada por desmemoriados que oyen y ven y saben lo que no se dice ni tiene lugar ni es cognoscible ni comprobable. Lo que se da es idéntico a lo que no se da, lo que descartamos o dejamos pasar idéntico a lo que no probamos, y sin embargo nos va la vida y se nos va la vida en escoger y rechazar y seleccionar, en trazar una línea que separe esas cosas que son idénticas y haga de nuestra historia una historia única que recordemos y pueda contarse. Volcamos nuestra inteligencia y nuestros sentidos y nuestro afán en la tarea de discernir lo que será nivelado, o ya lo está, y por eso estamos llenos de arrepentimientos y de ocasiones perdidas, de confirmaciones y reafirmaciones y ocasiones aprovechadas, cuando lo cierto esque nada se afirma y todo se va perdiendo. O acaso es que nunca hubo nada.”
No sé, aunque tanto en el contexto de la reflexión como (creo) su intención pretende reflejar cierta amargura y desencanto vital, en reposo o por superación de esa ansia amarga y absurda puede quererse ver una llamada al sosiego, a la serenidad, a la delicia del abandonado fluir despreocupado, a no tomarse uno demasiado en serio, porque en verdad no lo somos.
Sé que escribo poco, mis queridos tres lectores, pero cuando uno no siente la necesidad de contar, mejor guardar silencio.
Pero hoy aquí estoy, de vuelta momentánea, porque uno de vosotros tres me ha pedido que así fuera, y porque tras treinta y tres años he llegado a una feliz conclusión que me dispongo a compartir. Os pido disculpas de antemano por mi pretensión: hoy no escribiré de otros libros o autores. Hoy el tema va de mariposas.
Os decía que he concluido algo tras muchos años y no pocos disgustos. Me diréis, tras leerlo, que se trata de una obviedad. Pero soy de las que necesita meter el dedo en la yaga, y además no me suelo contentar hasta que la presiono con fuerza y volteo con mi yema en semicírculos. Ya me entendéis.
Al lío: La verdad incondicional está socialmente mal vista.
Me explico. “¿Te gustan los zapatos que me acabo de comprar?”, “¿Qué te han parecido mis padres?”, “Crees que el relato que te he pasado podría ganar algún concurso?”, “¿Te gusta mi nuevo corte de pelo?”, “No es fantástico, Roberto? (léase, el novio de tu amiga)”. Y así hasta el infinito. Por fin he comprendido que estas son las respuestas que conviene evitar:
Por el contrario, son socialmente bien recibidas estas otras:
Si perteneces a esa categoría de ser humano que gusta de manifestar sus opiniones sinceras, sin corrector de ojeras ni sombras de ojos multicolor, que sepas que el común de los mortales prefiere no oírlas. Y aunque no deje de parecerme paradójico, el prójimo se queda más feliz y complacido si le regalan los oídos.
Supongo que durante tanto tiempo he estado equivocada porque siempre he preferido las verdades de frente, aunque sean a cara lavada. Pero ya son demasiadas críticas recibidas. Es difícil comprender que los demás no siempre van a ser tan sinceros contigo como te gustaría, pero lo es más todavía aceptar que los que te rodean esperan que tú te comportes con ellos haciendo gala de la misma diplomacia postiza.
Hay que ser cortés. Y la cortesía es una forma de apariencia. Y la apariencia es superficial. Y en lo superficial no se encuentra la verdad.
Será cuestión de entrar en el baile con la máscara puesta.
Manda perendengues.
De haber sabido esto antes, me habría ahorrado un número considerable de tropiezos.
Pero habría continuado siendo más yo misma.
Farfalla
Acabo de ver en televisión a más de 80000 paletos coreando el nombre de un chaval, llevo años diciéndolo esta sociedad es una auténtica vergüenza.
Por cierto, paleto es http://rae2.es/paleto
La amistad, esa gran desconocida
Siempre me manifesté en contra de los libros dedicados. No entiendo que se necesiten más palabras que las que un libro posee, una dedicatoria de una persona que no conoces, por mucho que admires, es solo un garabato, un borrón que con el tiempo se olvida, excepto los que lo necesitan para sentirse especiales, la gente rara tiene derecho a vivir.
Me sucede algo similar con los amigos, tengo pocos -por suerte-, al igual que libros dedicados. Realmente mi primer libro dedicado me lo han entregado esta noche, porque escribo estoy a la una de la madruga del 22 de abril, bueno ya 23.
El libro lo había leído con anterioridad unas cuatro veces, no se ha publicado porque no han querido que luchase por ello, es un gran libro que con el paso del tiempo no me cabe la menor duda estará en alguna librería, por lo menos ya figura en mi biblioteca. Tiene un interés especial porque es el borrador, está lleno de notas, correcciones y todas esas cosas que le gustan a un lector como yo.
No tendría demasiada importancia sino fuese porque su autora es una gran amiga. Una amiga de verdad, una amiga con todas las letras, porque la palabra amigo ya no es tan importante (para la mayoría) por culpa de un tropel de malhablados que no utilizan de una manera correcta el lenguaje. Lo atropellan y no se dan cuenta que están matándolo poco a poco.
La palabra amiga denota un sentimiento especial, una idea esperanzadora, un placer exquisito. A pocas personas aprecio realmente, pocas me importan y con pocas mantengo un contacto más o menos habitual. A muy pocas ayudaría en una situación delicada y por otras en cambio daría todo lo que tengo, esta mujer (jovenzuela, la idea del tiempo no le atrae demasiado, al contrario que a mí) solo tiene que pedirlo, insinuar lo que necesita o desea porque sabe que siempre estaré ahí para intentar ayudarla.
Nos conocemos desde hace años y tenemos una relación especial con la literatura, con nadie excepto con ella puedo charlar sobre libros, aunque por supuesto muchas de sus lecturas deberían estar prohibidas. Creo que ayer mientras cenábamos le dije que era muy inteligente mientras le confesaba una quimera que mucho tiempo nos llevo idear a un par de amigos y que surgió entre botellas de vino, esa frase no debería haber aparecido en ese instante pero un comentario suyo la introdujo, un comentario que estoy convencido nadie hubiese imaginado.
Existe personas que se cuelan en nuestras vidas por algo, la verdad, es una suerte ser su amigo, es algo que jamás hubiese imaginado, jamás podrá saber la alegría que me produjo el mail en el que me comunicaba su visita a la ciudad en la que vivo y mucho más la frase en la que afirma que intentaría escaparse de sus obligaciones para tomar algo unas horas.
Solo quiero escribir esto para que quede constancia, para el tiempo que todo lo pone en su lugar se equivoque esta vez, o mejor dicho, me equivoque porque creo que todo termina, aunque en este caso, nuestra relación no puede morir jamás, un tema que hemos tratado ayer, jamás, siempre…. palabras intolerantes, quien sabe.
Preciosa, te quiero mucho.
Probablemente no sea demasiado objetivo, ni tenga razón, estoy convencido de que las líneas que dejaré a continuación son un error pero bueno, al tema.
He terminado de leer El Mundo de Juan José Millás, me ha pasado un amigo una copia en formato electrónico y gracias al papyre lo he leído sin ningún problema, jamás hubiese comprado ese libro y tampoco hubiese perdido tiempo alguno en imprimirlo.
Ganó el planeta y eso ya es algo que juega en su contra. Nunca había leído nada de este señor excepto alguna columna en un periódico y no tenía una visión ni positiva ni negativa sobre su literatura. Pero ahora puedo decir que mis sensaciones no eran del todo erróneas.
El libro es aburrido, no aporta nada, no tiene un interés especial y pasaría inadvertido para la mayoría sino lo hubiese escrito un autor conocido. El planeta es un premio absurdo, se concede sin ton ni son porque aporta mucho dinero a la editorial.
Deseo que alguien inteligente, no yo, ni un crítico, consiga alguna vez que sea lea buena literatura. En este país dicen que cada día se lee más, no estoy de acuerdo, pero si leer más implica leer obras simples, sin contenido alguno, obras que no aportan nada, probablemente ni un rato de entretenimiento no entiendo para que se lee.
He terminado ayer también de releer otra vez, Las aventuras de Arthur Gordon Pym de Edgar Allan Poe, no es una de sus grandes obras, no es una maravilla pero al lado de El Mundo es una obra maestra.
Sino lo digo reviento.
El viaje de elefante y el mío propio
De perdidos al río y mezclo el título de la última novela de Saramago con un apunte personal, en un guiño a un atrevimiento naíf que a continuación os aclararé.
Los que me leéis bien sabéis que soy una Saramagoniana en toda regla, y como tal esperaba con curiosidad y ganas su última novela después de veinte años de silencio literario y una grave enfermedad. “El viaje del elefante” no defrauda a los que le admiramos: es una novela muy de él, con todos los ingredientes estilísticos y de contenido que ya hemos hecho suyos, pero varias veces aumentado por una perspectiva que presumo aporta sólo la edad, la experiencia y, por supuesto, el ingenioso talento de este escritor.
Definido por él mismo como un “cuento largo”, esta breve novela, sencilla a primer golpe de vista, encierra entre sus líneas las moralejas de vida, los incontables guiños irónicos y la lucidez preclara a que Saramago nos tiene acostumbrados.
“El viaje del elefante” cuenta una historia real aunque salpicada de imaginación, porque según el mismo autor manifiesta, es ese punto donde confluyen realidad y ficción lo que hace de la literatura lo que en realidad es.
El eje vertebral es el viaje épico, prosaico y jovial que en el s. XVI emprende un elefante asiático llamado Salomón desde Lisboa a Viena por algunos caprichos reales y absurdos designios.
La novela, que ronda las 240 páginas, da cuenta de la imaginación de Saramago. "La compasión solidaria, ese sentimiento que siendo expresado literariamente es, sobre todo, humano, atraviesa toda la obra, se distingue y se significa", comenta la periodista Pilar del Río. El humor también está presente en la obra y el escritor lo emplea "para salvarse a sí mismo y para que el lector pueda penetrar en el laberinto de humanidades en conflicto sin tener que abjurar de su condición indagadora de humano y de lector", explica la esposa del escritor portugués.
Ironía, sarcasmo, belleza y responsabilidad de escribir están presentes en un libro que no deja indiferente por lo que tiene de fábula, realidad, ingenuidad e inteligencia.
Y cambio de tercio. Ando sumergida en la lectura de las memorias de Gabo y, aunque sólo llevo cien páginas, me han servido para aceptar lo que desde hace tres años intento acallar: ya no escribo y todo apunta a que no vuelva a hacerlo jamás. Primero le di una oportunidad a la lícita crisis literaria, después a los antojos de la Dama Inspiración, pero ahora ya no tengo más excusas en la retaguardia: no sé si algún día sirvieron de algo mis letras, pero sí que si tuvieron alguna razón de ser, fue en el pasado y no ahora.
Suena triste, suena como una derrota o incluso como una confesión susurrada al oído. Ponedle la música que prefiráis. Mi pentagrama se ha quedado sin notas.
Farfalla
Empieza por una suerte de revelación. Pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. Es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. En el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. Es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder. En el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. Pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. Y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. Luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí "eso es una solución personal mía", creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. Elijo "si se trata de un cuento porteño", lugares de las orillas, digamos, de Palermo, digamos de Barracas, de Turdera. Y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. Porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. Es decir, que yo puedo proceder con comodidad. En cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "No, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión."
Jorge Luis Borges
Para muchos los libros no son relevantes, apenas leen y pueden pasar días sin hacerlo. Incluso la mayoría los olvida en rincones donde les cuesta localizarlos al cabo de poco tiempo.
Este fin de semana he olvidado en casa de mis padres el papyre, hablé de él hace tiempo y se ha convertido en mi inseparable compañero de fatigas. Estoy leyendo cuatro libros, todos ellos en formato electrónico y esta semana he comenzado a Tu rostro mañana de Javier Marías, el primer volumen, pero esta vez en papel.
No creí jamás que para leer se necesitase un aparato electrónico. Cuando lo compré lo hice como anécdota y sobre todo para leer textos técnicos, mi trabajo me obliga a ello. Pero desde que ha llegado a mis manos pocos libros en papel he vuelto a leer.
Tengo la suerte de que la mayoría de libros que leo son de dominio público. Exceptuando algunos que no vamos a engañarnos he ido descargando de diversas páginas y algún que otro programa p2p.
Mañana en cuanto salga de trabajar voy a recogerlo, pasaré el fin de semana andando en bici, tomando café con mi abuelo, que ya puede ser considerado un viejo en toda regla, espero cenar con algún amigo y el domingo cuando vuelva a esta ciudad rara e insoportable no olvidaré traerme el papyre, está vez no.
Mi propósito de año nuevo, superado
Este año he vuelto a leer de nuevo "El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha", debido a mi cambio de domicilio he tardado más de lo habitual, lo he terminado hace apenas dos días, mejor dicho dos noches.
Es una tradición que creo morirá el día que fallezca, no entiendo como a la gente se le hace tan pesado la lectura de esta obra. Son de obligada lectura anual muchos libros, entre ellos alguno de Borges, "La Odisea" -que no es de Borges-, muchos de Stevenson, no menos de Ibsen y una larga lista que no mencionaré por no aburrir demasiado. Y son de obligada lectura anualmente porque aunque parezca mentira la mayoría olvida. Todos olvidamos.
Por ello debemos recordar a Penélope y Telémaco, no podemos dejar de adorar a Sancho ni tampoco a Pierre Menard, autor del Quijote, es necesario saber quien es Funes el mentiroso, porque Funes jamás morirá, es una desgracia de la que pocos jamás se podrán desprender. Tadeo Isidoro Cruz también la sufre, no conocerá nunca a la muerte, esa oscura maravilla que nos acecha. Otro inmortal es el doctor Jekyll y como no Mr. Hyde.
Aunque es importante rememorar a muchas personas, porque aunque no lo crean tienen alma, un alma más fuerte y real que la de la mayoría de los simples mortales, no es menos interesante, recordar ciertas historias. Una de ellas se titula "El diablo de la botella" otra del mismo autor lleva por título "El ladrón de cadáveres". También me gustaría añadir los tres volúmenes de "Tu rostro mañana" como algo imprescindible para ser rememorado, algo actual y ya necesario, casi imprescindible, aunque primero habrá que releer "Ulises", "La Iliada", "El Aleph", "Peer Gynt" y tantos otros que es absurdo continuar con la lista sería demasiado extensa.
Todos los años igual, hay pocas novedades, muchas relecturas y lo más increíble es que jamás defraudan, nunca lo harán por mucho que sepamos párrafos de memoria, incluso libros enteros, ellos están ahí para nuestro disfrute, para hacernos felices. Nuestra obligación, leer. Ya lo decía Borges, "Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mi me enorgullecen las que he leído"